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¿Libertad sin autoridad?… ¡Vocación!

abril 1, 2013

Hace tiempo salió en un periódico* “¿Qué es más importante: la universidad y el futuro de las nuevas generaciones de estudiantes y profesionistas, o el famoso principio de autoridad?”. Con ello el autor daba la impresión de ver opuestos los tiempos presente vs futuro, el estudiante de su tiempo con el dirigente de hoy, o, al menos, que no había compatibilidad entre los estudios y el orden, lo cual me recordó la historia del tonto del pueblo: el tonto tenía prisa de que nacieran los polluelos, despachó a la gallina y la sustituyó, incubando él mismo los huevos. Pero lo único que consiguió fue una tortilla en sus pantalones.

Ahora, dadas las consecuencias de oponer aquél presente con su futuro ¡Hoy!, vemos que el tonto no tenía razón, que el curso de la historia no puede acelerarse con actos improvisados, producto de sólo una impaciente rebeldía ¡No! Es cierto que se necesitan acciones, pero acciones congruentes y ordenadas ¿Libertad sin orden? ¿Libertad sin autoridad? Un fracaso que vemos por doquier: miles sin trabajo; Cortes Supremas juzgando sin apego al Derecho Natural o corruptas; gobernantes incapaces de pensar auténticamente en su pueblo…

Al revés, necesitamos, precisamente, que sea el principio de autoridad el que lleve las cosas a buen término:

Sólo cuando hay sucesión en los números de una calle llegamos sin tardanza al número buscado;

Sólo cuando decidimos disciplinarnos en los ejercicios físicos alcanzamos fortaleza muscular;

Sólo cuando organizamos nuestra mente tenemos las cosas en su lugar;

Sólo cuando hay método en nuestros estudios logramos aprender;

Sólo cuando respetamos el turno en la fila no hay tumultos;

Sólo cuando armonizamos nuestro interior no hay perturbación en nuestros sentimientos;

Sólo cuando ordenamos nuestros pensamientos alcanzamos la razón;

Sólo cuando respetamos la realidad alcanzamos la verdad.

Por ello no hablamos aquí de una autoridad que lo sea sólo de nombre, sino de aquella que parte de lo interior –con bases firmes. ¿Pero cómo va a haber autoridad en las generaciones de estudiantes y profesionistas si mucho de lo que las rodea les hace no pensar en lo que deben, olvidando formar su voluntad para querer lo que tienen que querer?

Sí,  los límites de nuestros conocimientos tienen mucho que ver en la génesis de “autoridad” que cada uno de nosotros debiera haber forjado sobre sí mismo; y que, por ende, dejan un rol deficitario y negativo en la historia personal y de nuestros pueblos, y, sobre todo, en la Autoridad de nosotros sobre nosotros mismos; potestad que pocos ejercen, poder que muy pocos forjan sobre sí mismos. Me explicaré: Hobbes dijo que el poder consistía en los medios que disponía actualmente para obtener ciertos bienes futuros: tener poder es tener los medios para alcanzar las cosas que se juzgan deseables. Mientras que para Weber, poder es la capacidad de imponer la propia voluntad en una relación social aún en contra de toda oposición. Dahl, dice: A  tiene poder sobre B  en la medida en que consigue que B haga algo que de otro modo no haría. Otro modo de subrayar este influjo está en la definición  de Wrong, la capacidad de algunas personas de producir efectos previstos y deseados sobre otros.

Pero por lo que vemos, los grandes ven en el poder sólo una cierta energía para domeñar al otro, y ninguno lo cifra, primero,  en la fuerza para imponerse a sí mismo. Indudablemente que dichos sociólogos tenían algo de razón, pero se les olvidó que antes de influir sobre los demás, algo tengo que hacer en mí –ellos lo experimentaron en sí: antes de llevar a cabo sus definiciones se vencieron a sí mismos: dedicando muchas horas para estudiar y redactar sus pensamientos; consiguieron superar la horizontalidad a base de esfuerzo. Por eso, si queremos comprender lo que es el poder hasta sus más significantes implicaciones dentro de la vida personal y social, debemos llegar hasta sus raíces ontológicas. Sí, si queremos entender verdaderamente a fondo lo que es “poder” primero tenemos que entender lo que es “Autoridad”; tenemos que aceptar que la auténtica autoridad, es el Poder que tengo sobre mí mismo para llevar mi potencialidad a  ser  lo  que  debe  ser;  y segundo –que puede ser eventual–, a coordinar el esfuerzo de los otros con miras a un objetivo, pues  poder  no  es,  en  su  origen  más profundo, poder sobre algo, sino, en   principio,  poder  para  algo: y esto es Vocación: aquella causa final y consciente –conocimiento–,  que atrae,  que mueve,  a la plenitud de su ser a aquello que  es   –un individuo o una comunidad–; a resistirse al desperdicio de sus potencialidades  y  a  actualizarlas  en bien de todos…(Pérez, 2003).

Seguramente aquellas personas aun sin haber pasado por la universidad que desde pequeñas se propusieron algo bueno en bien de los demás y, pasando el tiempo, lo han logrado, entendieron –por sí mismos o por la ayuda de otros– que era indispensable forjar su camino, y para ello emplearon su libertad… y el principio de Autoridad sobre sí mismos, para resistirse al desperdicio de sus potencialidades en bien de todos: Sí, porque lo contrario no pensar en los demás sino sólo en beneficio de uno mismo, aun pasando por la universidad, no es vocación, sino orgullo, vanidad y egoísmo, y el egoísta no es ni será feliz –algo esencial a la Vocación.

Entonces la pregunta no debería haber sido “¿Qué es más importante: la universidad y el futuro de las nuevas generaciones de estudiantes y profesionistas, o el famoso principio de autoridad?”, sino ¿Qué es más importante: el famoso futuro de las nuevas generaciones de universidades o el principio de autoridad en los estudiantes y profesionistas?  Pero esa pregunta sólo puede hacérsela aquél cuya inteligencia sólo busca la verdad y está dispuesto a ejercer el derecho de vivir su vocación. Tú también ¡Búscala, encuéntrala!

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*El Universal. Así piensa México, Rubén Duarte Rodríguez. Página 8, 4 de julio de 1992


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