LA FAMILIA Y LOS ESTUDIOS

LA FAMILIA Y LOS ESTUDIOS

 

Pese a que las escuelas despliegan recursos importantes para apoyar el rendimiento de sus alumnos, la mayor parte de la responsabilidad sobre las notas y los aprendizajes, sigue recayendo en la familia. Lo ideal es inculcar en el hijo hábitos de estudio  desde pequeño. Por ejemplo, que tenga un horario establecido para estudiar y que la actividad se realice en un lugar específico, donde cuente con los materiales que va a necesitar a su alcance.

Ya en la preadolescencia -alrededor de los 12 años-, los hijos no quieren tanta compañía. Los amigos pasan a ser más importantes, aparecen nuevos intereses como los videojuegos o el internet y puede disminuir la motivación por estudiar. Ya no es tan necesario acompañarlos físicamente, pero sí mantener una mirada general, preguntarles cómo les va, estar al tanto de sus problemas, e informarse de su desempeño en la escuela.

Como estrategia para los papás que trabajan y no pueden estar presentes se recomienda revisar cómo va el hijo en las distintas asignaturas el fin de semana. “Se pueden chequear las materias que han pasado en la semana y ver si hay problemas en alguna. Si es así, se puede conseguir material de apoyo y repasar los contenidos necesarios.

Es recomendable motivar a los hijos por el estudio. Para ello hay que tratar de que los niños lo vean como algo entretenido, donde van a aprender cosas que les gustan. Por ejemplo, una clase sobre insectos suele ser muy interesante para un menor de 8 años. Cuando son mayores, la motivación se puede mantener asociándola a las profesiones que quieren estudiar.

Mantener una buena comunicación que vaya más allá de las notas también es importante. Esto implica acompañarlo en sus distintas actividades e inquietudes, no sólo las escolares. De esta forma, si se presenta un problema de rendimiento es más fácil que el hijo lo cuente y pida ayuda. “Hay papás que están demasiado preocupados de las notas e interrogan a sus hijos principalmente sobre el tema en vez de compartir también otras cosas. Esto no conviene ya que el hijo se siente valorado sólo por su desempeño académico”.

En la adolescencia, los temas emocionales -como la separación de los padres o un enamoramiento intenso- pueden afectar el rendimiento. Si el menor es juzgado sólo por su rendimiento y éste no es alto, puede tener devastadoras consecuencias en su autoestima, lo que influye en su capacidad de aprender a futuro. “El niño piensa ‘tengo malas notas, soy un mal alumno, no puedo aprender. Adquiere lo que se llama la ‘desesperanza aprendida’ y cuando le toca enfrentarse a nuevos conocimientos que le resultan difíciles, ni siquiera intenta aprenderlos con el mismo esfuerzo porque tiene interiorizado que no puede aprender.  Este círculo vicioso puede romperse con la intervención de un adulto – que puede ser un profesor o los mismos padres- que oriente al menor y lo apoye en sus aprendizajes.

 FUENTE: www.educarchile.cl
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