¿OPTIMISTA O PESIMISTA?

 

POR: Rafael Llano Cifuentes

           

 

Las actitudes son más importantes que los hechos. Los acontecimientos cambian de color y de consistencia de acuerdo con las actitudes que asumimos frente a ellos. Para todos nosotros existen auroras y crepúsculos, alegrías y dolores, sombras y luces, acontecimientos deprimentes y hechos estimulantes, sin embargo, los valoramos de modo por completo diverso de acuerdo con la mentalidad de cada uno.

 

Hay quienes se lamentan por no poder conseguir lo mejor; otros, en la misma situación, se alegran de que lo peor les haya sido ahorrado. Aquéllos piensan en el bien de que fueron privados, éstos sólo en los males que no les perjudicaron. Los primeros se entristecen porque ya disfrutaron de la mitad de sus vacaciones, y los otros se alegran porque aún les resta la otra mitad…El mismo hecho adquiere una importancia bien diferente según sean uno u otro los parámetros mentales que aparecen condicionar la vida humana: el optimismo y el pesimismo.

 

A veces, sólo oímos el ruido de la vida y no su íntima melodía. Sólo captamos su lado detestable, molesto, deprimente, y no sabemos detectar los valores positivos que encierra.

 

Nosotros no podemos cambiar los hechos, pero podemos cambiar las actitudes. Es la actitud lo que filtra la realidad: el pesimista absorbe lo negativo; el optimista, en la alquimia de su espíritu, transforma el plomo en oro. Para nosotros, hay un filtro que purifica y clarifica todas las intrincadas circunstancias de la vida: el filtro de la fe o la confianza.

 

Hay personas que viven ancladas en el pasado. Este cobra en sus ojos tal importancia, que permanecen como incrustadas en el mundo de la infancia o de la juventud. Como los cangrejos, tienen ojos en la espalda: son los “nostálgicos”.

 

El futuro puede proyectarse como un campo abierto a las realizaciones o como un terreno minado de peligros, como un cambio claro rumbo a la felicidad, o como una tortuosa senda en la obscura y pavorosa selva. Hay quien se aventura por su futuro con espíritu de conquista, y hay también quien se adentra en él con ánimo acobardado.

 

Hay personas a quienes las aprehensiones del futuro arruinan las alegrías del presente. Sufren anticipadamente, sufren innecesariamente.

 

Podemos decir que la expectativa del fracaso es ya un fracaso. Es que el pesimismo, el temor de que nos vaya mal, provoca una natural inhibición de nuestra capacidad: nos convierte en apocados, tímidos, cobardes. Bloquea, por decir así, todas nuestras potencialidades de victoria, embota la visión e impide que tengamos en cuenta los elementos necesarios para la realización de cualquier empresa. Y esto es  lo que provoca el fracaso.

 

 

 Por el contrario, la expectativa de la victoria es ya la mitad de la victoria, porque esa disposición optimista estimula, abre campos de visión más amplios, aptos para captar todos los recursos que propician el éxito. Además, incita nuestra energía, cataliza la capacidad para que nos empeñemos a fondo, otorga resistencia y vitalidad a nuestro espíritu de lucha, y termina así creando condiciones favorables al buen resultado del proyecto.

 

Tenemos que hacer el propósito firme de rechazar nuestras preocupaciones -fruto de la imaginación-y cambiarlas por ocupaciones. Las preocupaciones crecen al margen de nuestras ocupaciones, generalmente en los momentos de ocio y vagancia. Ocupar nuestro tiempo empeñándonos a fondo en la realización de un ideal de vida que represente, nuestra vocación, es el  remedio más importante contra cualquier tipo de angustia.

 

Evitaríamos muchas inquietudes pesimistas, si viviéramos un principio que es el resumen de una vida: “Haz lo que debes y está en lo que haces”.

Esto no quiere decir que debamos ser “inmediatistas”, o que no debamos dar a cada momento el valor que tiene en términos de futuro. Muy por el contrario, significa aprovechar el presente con intensidad, “vivir cada minuto con vibración de eternidad”.

 

Observemos que con la misma uva se obtiene el vino y el vinagre. Debemos de tomar una decisión. Es nuestro corazón no caben dos lagares, dos tipos de fermentación: o escogemos el vinagre de la amargura, o preferimos el vino de la alegría. A cada uno de nosotros corresponde hacer su propia y personalísima opción. Finalmente tú decides.

 

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