Ser o no ser profesionistas

                         

 

En nuestro país, de nueve millones de jóvenes en edad de realizar estudios profesionales, un millón puede aspirar a conseguirlo. Por ello es lastimoso considerar que de ese reducido grupo, sólo el 48 por ciento termine su carrera, y más, que sólo el 27 por ciento se titule. Pero el problema continúa, ya que de los alumnos que logran finalizar, un alto número equivoca su profesión. Por ejemplo, el 3.6 por ciento de los egresados (36,539), erraron el camino.

POR José Manuel Villalpando César*  

 

Quizá los sueños infantiles quedaron atrás, y lo que antes nos atrevíamos a considerar como el destino de nuestras vidas, ahora lo hemos descartado, con la madurez suficiente que nos brinda la edad y ante el reto de elegir el  “quehacer” que nos ocupará buena parte de nuestra existencia. Ya no es la época de pensar en ser bomberos, o astronautas, o cualquier otra actividad que alimentaba nuestra imaginación, pero tampoco lo es la de ser médico, abogado o ingeniero por el mero prurito de ser un profesionista. 

 

Hoy en día nos enfrentamos a graves decisiones cuya determinación será esencial para normar nuestra vida futura. Pareciera sencillo, ¿por qué no? Si todo el mundo con cierta facilidad se lanza a la aventura de estudiar una carrera profesional y algunos, mal que bien, la concluyen y se dan el lujo de ostentar un título profesional y  anteponer con orgullo a su nombre la fulgurante abreviatura de “Lic.”, “Dr.”, “Arq.”, y hasta “LATL” (Licenciado en administración del tiempo libre), que sin duda los hay. La cuestión es si en verdad todos debemos ser profesionistas, porque en nuestro país existe una verdadera fiebre por ingresar a las universidades, públicas o privadas, con la ilusión y la ambición de estudiar una carrera. 

 

En muchas ocasiones, por supuesto, este deseo corresponde a la vocación legítima de alcanzar un grado profesional. Hay quienes están perfectamente dotados intelectual y sentimentalmente para ejecutar una profesión ¡que bueno que así suceda!, y estas personas tienen la obligación personal y social de cumplir cabalmente con aquellas potencialidades con las que fueron distinguidas. Es más, podría exigírseles que las desarrollaran, pues nadie tiene el derecho de desperdiciar lo que Dios, o la naturaleza, (según el gusto de cada quien) les ha concedido. Pero no siempre sucede así.  

 

Varios factores influyen para que este país nuestro sea pródigo en profesionistas que no siempre responden a la  premisa de una vocación demostrada no a una entrega entusiasta a los principios de la carrera que han elegido. Consideremos algunos cuantos, por ejemplo, de  la importancia social que se le da a los títulos profesionales, interesante aspecto que ha convertido a la posesión de un título en un vehículo para la adquisición de status. “Si no eres profesionista, no eres nadie”, podría ser, en síntesis, la postura de quienes así piensan, o como dicen las muchachas casaderas: “el futuro sólo puede tener cara de abogado, de médico, o de ingeniero”.   

 

Se le concede una relevancia exagerada al simple hecho de tener una profesión, como si se considerara que por sí misma ella es sinónimo de honestidad, laboriosidad, seguridad económica, y demás virtudes necesarias para triunfar en la vida como ser humano, como responsable de una familia y como integrante de una comunidad que reclama el mejor de los esfuerzos de sus miembros.  

 

¿Qué no, también se puede llegar a tener éxito, en todos los aspectos, desempeñando cualquier otra ocupación, digamos el comercio, la técnica, la agricultura, la música, la docencia o la multitud de posibles opciones que nuestro tiempo ofrece? Y si a ésta presión social agregamos la bien intencionada labor de los padres de familia, que amorosamente desean que sus hijos destaquen en la sociedad, y por ello los impulsan a seguir necesariamente una carrera profesional, resultará entonces que ya, de una manera prejuiciosa y predispuesta, estamos obligados a inscribirnos en alguna de las muchas alternativas profesionales que brindan las universidades.  

 

Pero ¿en realidad tendremos la vocación?, ¿poseemos las habilidades que requiere?, ¿nos sentimos dispuestos a entregarnos por entero a su cumplimiento?, ¿entendemos el compromiso personal y social que asumimos?, ¿la estudiamos por convicción razonada?, ¿tenemos claridad en lo que haremos el día de mañana? Si no estamos seguros, si dudamos, si no tenemos la certidumbre de conocer a conciencia nuestras posibilidades, nuestras preferencias, nuestras aptitudes, lo mejor será detener el paso y reflexionar.  

No imitemos a los demás: dejemos que sea nuestra vocación la que decida el “quehacer” al que consagremos la existencia. El chiste, claro, es encontrarla. Si decimos ser profesionistas, ¡perfecto!, seamos pues, los mejores. Si por el contrario decidimos dedicarnos a cualquier otra actividad, ¡correcto! Seamos de los mejores. 

* Catedrático de “Historia del Derecho Patrio”.

 

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