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Expresarte con emoticons

Publicado por universitasorientacion en Julio 8, 2008

Expresarte con emoticons

Por: Verónica Valencia

 

 

Aunque la rapidez en el intercambio de mensajes ha hecho que los programas de mensajería se hayan convertido en una herramienta de trabajo, también pueden retrasar la comunicación.

Según un estudio de Cisco, la comunicación electrónica a través del Messenger y del correo electrónico puede retrasar el mensaje hasta cuatro veces más que la comunicación que se da cara a cara.

Laura Martínez, profesora asociada del departamento de ciencias de la información de la UDEM, dijo que un ejemplo del retardo de la comunicación son los emoticons, porque distraen la atención del mensaje que se quiere transmitir.

“Son una presentación de las emociones (los emoticons), pero hay que saber cuándo y con quién se pueden usar”, indicó la catedrática. “No es lo mismo escribirle a tus amigos que a tu maestro o a tus padres”.

Para Graciela Ríos, directora de Asesor, empresa de servicios de recursos humanos, el uso de emoticons y la falta de ortografía en un mensaje vía correo o messenger es poco profesional cuando va dirigido a jefes o directores.

“Las caritas o los monitos se pueden usar con alguien de confianza, pero usarlos en el ámbito laboral hacen que se demerite o se haga poco profesional lo que se está enviando”, señaló Ríos.

Además, coincidió Martínez, si la persona está ocupada, no le hará mucha gracia que la otra persona la interrumpa para enviarle caritas.

“Es mejor ser claro y escribir el mensaje en forma directa”, indicó la profesora.

 

Te recomienda:

v     Evitar las caritas felices si la conversación es de trabajo o lleva un tono formal.

v     Tomar en cuenta que no todas las conversaciones del Messenger son compatibles con los emoticons animados.

v     Evitar combinar texto con monitos en una sola palabra, pues se puede confundir el mensaje.

v     Si tu jornada es muy pesada o estás realizando un trabajo importante, apóyate en la barra de estado para que tus contactos no interrumpan tus actividades.

v     Si la otra persona no contesta tus mensajes, no lo tomes personal, recuerda que puede estar ocupado o ausente.

 

 

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DEFECTOS AL ESTUDIAR

Publicado por universitasorientacion en Junio 30, 2008

DEFECTOS AL ESTUDIAR

POR: Gerardo Castillo Ceballos

 

Es evidente que todas las personas aprenden, pero también está claro que no todas aprenden bien. Todos tenemos la capacidad de aprender por ser, “el don innato más significativo que posee el hombre”, pero no todos sabemos usar adecuadamente ese don.

 

Es bien significativo a este respecto el hecho comprobado de que la mayoría de los estudiantes terminan sus estudios sin saber trabajar de forma independiente, por propia cuenta y por convencimiento propio.

 

Como defectos típicos de los estudiantes se pueden citar los siguientes:

 

v     Excesiva dependencia del profesor y del libro de texto (poca disposición para la consulta y el diálogo con otras fuentes (diccionario, enciclopedias…) y personas (compañeros, padres…),

v     Estudios pasivos (falta de reflexión y de sentido crítico; ausencia de actividades prácticas: formulación de preguntas, realización de esquemas, etc.),

v     Memorismo: abuso o empleo indiscriminado de la memoria en perjuicio del aprendizaje comprensivo (adquirir información sin entender o sin la comprensión necesaria),

v     Estudio entendido como mera obligación impuesta por otros (padres, profesores…) y ejercido, por consiguiente, como simple reacción a incentivos o presiones externas,

v     Falta de iniciativa ante las dificultades (de vocabulario, conceptos de difícil comprensión, etc.),

v     Ausencia de planificación del trabajo a realizar: no se distribuye la tarea en el tiempo disponible (es muy frecuente, por ejemplo, concentrar todo el estudio en los días que preceden a un examen); no hay horario personal de estudio; no se persiguen objetivos concretos…

v     No existe autoevaluación del rendimiento personal obtenido en el estudio. Poca autoexigencia (tanto en el tiempo dedicado y en la intensidad del estudio como, sobre todo, en la forma de realizarlo),

v     Poca o ninguna participación en clase (para formular preguntas, plantear problemas, intervenir en una discusión, aportar ideas e iniciativas en el trabajo en equipo, etc.),

v     No estudiar lo suficiente, bien sea por desconocimiento de la exigencia real de cada contenido y de la capacidad personal, bien por pereza o falta de esfuerzo,

v     Seria dificultad para lograr la concentración en el estudio (el estudiante es víctima frecuentemente de las incitaciones del ambiente siendo incapaz de evitar o vencer las distracciones),

v     Falta de hábito de estudio o costumbre de trabajar día a día, de un modo organizado y regular,

v     No saber leer adecuadamente: lectura lenta; con dificultades habituales para una comprensión adecuada; lectura pasiva (sin subrayar lo importante, sin tomar notas, sin repensar y criticar lo leído),

v     No saber consultar o utilizar un libro,

v     No saber expresarse adecuadamente verbalmente y por escrito.

 

Hay una relación muy estrecha entre la forma de enseñar por parte del profesor y la forma de aprender por parte del alumno. Cuando la enseñanza es exclusivamente expositiva y teórica, sin fomentar la participación abierta de los alumnos a lo largo de la clase y sin relación personal del profesor con cada estudiante, se condena a este último a un estudio pasivo, receptivo, memorista, rutinario, estrecho…En cambio, cuando el profesor deja de estar exclusivamente centrado en la materia para organizar prácticas, orientar individualmente a los alumnos en las dificultades de aprendizaje, utilizar metodología participativa…está estimulando de forma continua el estudio autónomo, inteligente, activo, original, creador…Junto a esto, todo profesor debe orientar de forma personal a sus alumnos en relación con el aprendizaje ordinario (no de forma expositiva, sino de modo práctico y situacional).

También esta responsabilidad depende de los alumnos, no seamos pasivos y despertemos en nosotros el deseo de aprender.

 

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Ser o no ser profesionistas

Publicado por universitasorientacion en Marzo 27, 2008

En nuestro país, de nueve millones de jóvenes en edad de realizar estudios profesionales, un millón puede aspirar a conseguirlo. Por ello es lastimoso considerar que de ese reducido grupo, sólo el 48 por ciento termine su carrera, y más, que sólo el 27 por ciento se titule. Pero el problema continúa, ya que de los alumnos que logran finalizar, un alto número equivoca su profesión. Por ejemplo, el 3.6 por ciento de los egresados (36,539), erraron el camino.

 

 

Empezamos con… Ser o no ser profesionistas.

 

                         

   

POR José Manuel Villalpando César* 

 

Quizá los sueños infantiles quedaron atrás, y lo que antes nos atrevíamos a considerar como el destino de nuestras vidas, ahora lo hemos descartado, con la madurez suficiente que nos brinda la edad y ante el reto de elegir el  “quehacer” que nos ocupará buena parte de nuestra existencia. Ya no es la época de pensar en ser bomberos, o astronautas, o cualquier otra actividad que alimentaba nuestra imaginación, pero tampoco lo es la de ser médico, abogado o ingeniero por el mero prurito de ser un profesionista.

 

Hoy en día nos enfrentamos a graves decisiones cuya determinación será esencial para normar nuestra vida futura. Pareciera sencillo, ¿por qué no? Si todo el mundo con cierta facilidad se lanza a la aventura de estudiar una carrera profesional y algunos, mal que bien, la concluyen y se dan el lujo de ostentar un título profesional y  anteponer con orgullo a su nombre la fulgurante abreviatura de “Lic.”, “Dr.”, “Arq.”, y hasta “LATL” (Licenciado en administración del tiempo libre), que sin duda los hay. La cuestión es si en verdad todos debemos ser profesionistas, porque en nuestro país existe una verdadera fiebre por ingresar a las universidades, públicas o privadas, con la ilusión y la ambición de estudiar una carrera.

 

En muchas ocasiones, por supuesto, este deseo corresponde a la vocación legítima de alcanzar un grado profesional. Hay quienes están perfectamente dotados intelectual y sentimentalmente para ejecutar una profesión ¡que bueno que así suceda!, y estas personas tienen la obligación personal y social de cumplir cabalmente con aquellas potencialidades con las que fueron distinguidas. Es más, podría exigírseles que las desarrollaran, pues nadie tiene el derecho de desperdiciar lo que Dios, o la naturaleza, (según el gusto de cada quien) les ha concedido. Pero no siempre sucede así.

 

Varios factores influyen para que este país nuestro sea pródigo en profesionistas que no siempre responden a la  premisa de una vocación demostrada no a una entrega entusiasta a los principios de la carrera que han elegido. Consideremos algunos cuantos, por ejemplo, de  la importancia social que se le da a los títulos profesionales, interesante aspecto que ha convertido a la posesión de un título en un vehículo para la adquisición de status. “Si no eres profesionista, no eres nadie”, podría ser, en síntesis, la postura de quienes así piensan, o como dicen las muchachas casaderas: “el futuro sólo puede tener cara de abogado, de médico, o de ingeniero”.  

 

Se le concede una relevancia exagerada al simple hecho de tener una profesión, como si se considerara que por sí misma ella es sinónimo de honestidad, laboriosidad, seguridad económica, y demás virtudes necesarias para triunfar en la vida como ser humano, como responsable de una familia y como integrante de una comunidad que reclama el mejor de los esfuerzos de sus miembros.

 

¿Qué no, también se puede llegar a tener éxito, en todos los aspectos, desempeñando cualquier otra ocupación, digamos el comercio, la técnica, la agricultura, la música, la docencia o la multitud de posibles opciones que nuestro tiempo ofrece? Y si a ésta presión social agregamos la bien intencionada labor de los padres de familia, que amorosamente desean que sus hijos destaquen en la sociedad, y por ello los impulsan a seguir necesariamente una carrera profesional, resultará entonces que ya, de una manera prejuiciosa y predispuesta, estamos obligados a inscribirnos en alguna de las muchas alternativas profesionales que brindan las universidades. 

 

Pero ¿en realidad tendremos la vocación?, ¿poseemos las habilidades que requiere?, ¿nos sentimos dispuestos a entregarnos por entero a su cumplimiento?, ¿entendemos el compromiso personal y social que asumimos?, ¿la estudiamos por convicción razonada?, ¿tenemos claridad en lo que haremos el día de mañana? Si no estamos seguros, si dudamos, si no tenemos la certidumbre de conocer a conciencia nuestras posibilidades, nuestras preferencias, nuestras aptitudes, lo mejor será detener el paso y reflexionar. 

No imitemos a los demás: dejemos que sea nuestra vocación la que decida el “quehacer” al que consagremos la existencia. El chiste, claro, es encontrarla. Si decimos ser profesionistas, ¡perfecto!, seamos pues, los mejores. Si por el contrario decidimos dedicarnos a cualquier otra actividad, ¡correcto! Seamos de los mejores.

 

 

 

* Catedrático de “Historia del Derecho Patrio”.

  

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