Vocación y personalidad

No todas las profesiones son para todos ni cualquiera es apto para cualquier profesión. Habemos, flacos, robustos; altos y bajos; lentos y rápidos; cada uno de nosotros somos distintos. A unos nos gusta la música Clásica, a otros el Rock o las baladas. Entre las mujeres pasa lo mismo, unas no salen a la calle sin pintarse y tienen miles de vestidos, a otras les basta un buen baño y unos jeans. Y eso que pasa en “lo físico” pasa también en “el interior”. Unos son prácticos otros teóricos; unas “prudentes”, otras “no tanto”. A unos nos gustan los estudios de carreras que no son “complicadas” otros prefieren carreras en las que “estudiar mucho” es la base. Por ello, es importantísimo que antes de decidir a qué escuela o universidad vas a entrar, interiorices en ti mismo(a) y te preguntes ¿Cómo soy? ¿Qué carácter tengo? ¿Qué personalidad? Porque aunque la vocación involucra el “conocimiento” de la profesión, primero implica el conocimiento de ti mismo(a) –tus realidades: potencias, cualidades, habilidades–, de tus sueños, de tu capacidad y posibilidad de servicio, porque las profesiones no son sólo unos roles sociales, sino, más, una manera activa de servir en todo aquello que llevan implícito. Te pongo un ejemplo: Un médico pediatra no es sólo aquella persona que viste bata blanca y recibe niños en su consultorio, los ausculta, diagnostica y prescribe un tratamiento en una hoja de papel muy bien diseñada… ¡No!, es más que eso: es aquél que también ha impreso su teléfono móvil en la receta y lo contesta así sean tres o cuatro personas las que le llaman por la noche o en la madrugada; es aquél que a pesar de haber interrumpido el sueño, se levanta a la hora que tenía fija para ir a recibir al niño que va a nacer a primera hora de la mañana, o para atender a aquel otro que está en el hospital y que es preciso visitar antes de la consulta programada…

Sí, cualquier profesión tiene un fin teórico: comprender y explicar los fenómenos sin preocupación directa de sus aplicaciones prácticas; pero también una realidad práctica: un hacer; un  hacer bien si de veras se es profesional conforme a las competencias que exige el quehacer propio de su tarea y las leyes inherentes a la naturaleza misma de su oficio (En el médico buscar preservar la vida; en el abogado hacer justicia; en el economista lograr lo más con lo menos; en el educador lograr maravillas con la libertad… etc.) ¿Por qué todo esto? Porque vocación y personalidad no son sólo unas palabra, son un vivir ¿No sientes ganas de que de veras haya justicia? ¿No te llena de coraje ver que unos no coman ni lo indispensable mientras otros se harten? ¿O que sólo muy pocos, en comparación de toda la muchedumbre, logren finalizar sus estudios y hacer realidad sus sueños? Por ello, qué importante es que comprendamos lo que es Vocación y lo que es Personalidad, porque de eso dependerá que de veras las vivamos e influyamos en el derredor, en todos aquellos que se alegren de haberse “topado” con nosotros, por el bien que les hemos hecho con nuestro trabajo bien hecho, bien acabado.

(Los siguientes párrafos son densos, pero no por ello abandones la lectura y sí trata de entenderlos, aunque los leas varias veces)

Muchos fracasos escolares –y profesionales también–, se deben a eso, a no encontrarle significado a lo que se está estudiando o a lo que se está haciendo, viéndolo aburrido, sin sentido, sin motivación. Sobran estudios que demuestran que el abandono escolar no sólo se produce por circunstancias económicas, políticas o socio-culturales adversas. También hay, y muchos, reportajes de cómo ante situaciones plenamente adversas el estudiante se sobrepone hasta vencer los obstáculos y lograr su cometido. ¿Y qué es lo que marca la auténtica diferencia entre quedarse tumbado o levantarse? ¿Entre abandonar los estudios o sacarlos adelante? Ciertamente no lo es el orgullo, sino la sinceridad con uno mismo –El amor por la verdad, desde dentro: única fuerza que de veras motiva a luchar para encontrarle sentido a nuestra vida y valor a la de los demás. Sí, sólo ella da lugar a las más diversas aperturas existenciales; lo que su contrario –la mentira– no permite, así lo he constatado en mi consulta, y Jung refrenda al declarar que la mayoría de las psicosis que ha encontrado <procedían de una incapacidad para enfocar la vida bajo un ángulo metafísico>; y qué es más metafísico –filosófico– que la propia configuración vital en la que el “Yo” lo debo entender como mi propio e idéntico acto mismo de pensar, pues si mi ser no estuviere unido a mí mismo estaría en sentido estricto alienado, lo que me haría incapaz de obrar, o de ejercer mi libertad, siendo que ella misma va constituyéndome como persona al irme forjando un carácter y dándome un contenido: como un yo pensante y concreto.

Así pues, la existencia –la realidad– tiene prioridad respecto a lo ideal, pero no por tenerla en nuestra mente como flota una onda magnética entre polos de diverso signo, ni por permitirte rehacer la historia de las estatuas de ídolos inertes [carnes ya muertas], sino porque sólo ella –tu existencia– es capaz de hacerte sentir tus propios pensamientos, alienarte o vivificarte.

–Ahora escribiré en primera persona porque así será más fácil que tú también la hagas  tuya: La verdad es pues el nombre interno que recibe la realidad externa; la objetividad el hecho psicológico de la aceptación voluntaria de esa realidad;  y la sinceridad, la puesta en práctica de todo un proceso: la acción conductual que manifiesta interna y externamente mi sometimiento a la verdad –me guste o no me guste, me convenga o no me convenga–, ante la realidad, ante lo externo a mi pensamiento. Todo es externo a mí, mi cerebro, mis oídos, mis ojos, mis sentidos todos; y aunque todos ellos me pertenecen y formen parte del cuerpo, sólo la configuración de mi ser más íntimo, mi yo –mi persona–, me incumbe esencial y directamente.  Lo existencial es, pues, aquí, sinceridad conmigo mismo: existo y soy único, irrepetible, insustituible; experiencia convertida en pensamiento; pensamiento transformado en libertad; y no me puedo engañar a no ser que reniegue al hecho de ser este espíritu en este cuerpo, o ni siquiera haya sido consciente del suceso más maravilloso: estar en el mundo.

Ten, pues,  verdadera personalidad –la que realmente importa, la que debes tener ante ti mismo; la de “ante los demás” emerge con naturalidad, aunque tú no la notes, a su tiempo, como un fruto maduro–: ten el valor de aceptar la realidad tal como es, con humildad, con sencillez –lo complicado es orgullo [muchas veces egocentrismo] o un afán equívoco de seguridad–, sin auto engañarte ni por autocompasión, ni por sentimientos mal entendidos hacia los demás. Sólo así, reconociendo la realidad, sabrás poner los medios adecuados cuando tu realidad sea adversa. Nada más recuerda, en cualquier situación  que te encuentres –adversa o no adversa-, la lucha por superarte debe ser serena, alegre y perseverante, sin dar paso a la claudicación aunque sí al descanso, pero sin pausas fanfarronas.  En resumen, ser sincero es decirte de los dientes para dentro: existo, y luego olvidarte de ello, para servir a los demás, pues justamente por ser único e irrepetible –insustituible–, todos estarán esperando lo que no podrán esperar de otro. Eso es la vocación: aquel servicio que nadie más que tú puedes dar; con lo que personalidad y vocación se complementan y entrelazan mutuamente.

También en la vida ordinaria pasa igual: aquel que ama algo fuera de sí mismo, vence, se sobrepone, a pesar de los pesares. Sí, amar es una manera-de-estar-en-el-mundo, trabajando-por-él.

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